Leon Chestov Pt. II: Dostoievski


“¿La filosofía de la tragedia no es, acaso, la filosofía de la desesperación, de la demencia, de la muerte misma?”

Así comienza Chestov su libro La filosofía de la tragedia* de 1926. Precisamente se habla ahí de la desesperación, de la demencia y de la muerte. En la época en que está escrito avanzaba por europa una confianza plena en la ciencia y el positivismo vivía un auge que le permitía dictar autoridad. Se alababa a la técnica y se confiaba en que juntas –ciencia y tecnología- guiaran a la humanidad a un porvenir dichoso. Todo se supeditaba al Progreso. Un futuro tan majestuoso era el que le esperaba a la humanidad, que no importaba el precio a pagar, todo sería redimido.

Ese era el único camino y nadie se atrevía a dudar de ello. Chestov, sin embargo, no quiso ese camino. Ese camino está en el conjunto de lo común-aceptado, es el ámbito de la vida, del reconocimiento y la aceptación; pero tras los márgenes de ese conjunto se halla el rechazo, la ridiculización y la muerte. En el primer conjunto se halla la Historia; Historia que, como diría Benjamin, es siempre de los vencedores. Lo que no tiene cabida en ella, lo que se sale del camino, son sólo pasajes.

El camino no es más que un símbolo de lo que conduce a alguna parte. La ciencia siempre ha perseguido la verdad, y ese es su camino. Su tarea es no tanto preguntar, sino responder; y hacerlo de manera categórica, de manera verdadera. “Pero las obras de Dostoievski y de Nietzsche no contienen una respuesta, sino una pregunta: aquellos que han rechazado la ciencia y la moral, ¿pueden aún abrigar alguna esperanza? Dicho de otro modo: la filosofía de la tragedia, ¿es posible?” (FT, 26) Es decir, ¿en qué o sobre qué podrían sostenerse? Si se desestima el camino, la verdad, y nos salimos de los márgenes, cómo caminaremos con pies seguros.

“A lo largo de las reflexiones solitarias que nos relata tan elocuentemente La casa de los muertos, ¿qué es lo que le da alas a Dostoievski, qué es lo que derrama sobre él la esperanza, la energía, la confianza? La conciencia neta de que él ya no tendrá que participar, definitivamente, de la suerte de sus camaradas de presidio, y de que una vida nueva lo espera”

Así es, efectivamente, como únicamente se logra dotar de sentido a la vida humana. Siempre ha de haber un instante posterior, un porvenir, para que el presente, algo que es, no pase al dominio absoluto del no-ser. ¡Pero si el presente es lo más fugaz que conocemos! dirán algunos, pues es imposible de retener. En sí mismo pasa, pero se le trata de preservar en el terreno del ser a toda costa. Muy burdamente se idearon algunos, tiempo ha, un mundo después de la vida, donde todo aquello que, en apariencia, deja de ser, continuara siendo. Pero incluso quienes no creen en una sobre-viviencia del ser o el alma humana tienen pavor al no-ser y tratan de preservar el presente. ¿Cómo?, con la memoria, tratando de dejar huella. Hay que evitar a toda costa el mal del no-ser. No hay mayor agravio que condenar algo o a alguien al olvido; reino absoluto de lo que ya no es.

Con esta idea de inmortalidad, y sólo con ella, es posible hablar de un idealismo utópico y una moral. Resuenan aquí ecos nietzscheanos, pero esto ya lo intuyó y sufrió Dostoievski. Su estancia en el presidio, como nos advierte Chestov, le fue sostenible porque sabía que una vida nueva le esperaba fuera. O eso pensaba. Tras salir se percató de que no había nada que esperar; salvo la más pura desesperanza. ¡Que todo eso que los utópicos sueñan para el bien de la humanidad sea alcanzado mañana mismo!, que a Dostoievski esto no le servirá de consuelo.

“…esa felicidad futura, ¿es acaso capaz de redimir los sufrimientos del pasado y del presente”

Es fácil recordar, leyendo esto, a Benjamin. Y si es cierto que la obra de Dostoievski llegó a tierras germanas a través de los comentarios de Chestov, no nos resultará entonces nada extraño. Si el futuro, por muy dichoso que nos lo presenten, justifica los sufrimientos presentes y pasados, entonces lo justifica todo: incluso Auschwitz. Dostoievski pensaba así en su primera etapa, hasta el presidio. Todo “el sufrimiento de los humillados y ofendidos es redimido por las lágrimas y por los buenos sentimientos de lectores y escritores” (FT, 109). Fue en el presidio cuando se percató de que esta idea no era más que un “monstruoso embuste” y “comenzó a comprender que no puede tenerse confianza en las ideas, y que nuestros impulsos más bajos pueden revestir las formas más bellas”.

Dostoievski comienza a partir de aquí a avergonzarse de sí mismo y de las ideas que ha albergado. Es entonces cuando escribe Apuntes del subsuelo. Un relato de rencor para con el resto de la humanidad. Y que puede explicarse muy bien con las palabras de Iván Karamázov: “Yo llego a afirmar –dice- que la conciencia de nuestra total impotencia para ayudar en lo que fuese a la humanidad sufriente y aliviarla –junto a la certidumbre de sus sufrimientos- puede transformar, en nuestro corazón, nuestro amor por la humanidad en odio hacia ella”.

Por eso en sus obras vemos lo monstruoso de la vida, lo trágico y lo contradictorio, pues no habrá ningún ideal posible –ya sea el de la ciencia o el de la moral- que pueda redimir todos estos sufrimientos. La ciencia y la ética trabajan para ese futuro, pero “es menester obtener de la ciencia, de la “ética” (como se expresan Rakitin y Dimitri Karamázov) la confesión de que la felicidad futura de la humanidad, el progreso, las ideas, etcétera; en pocas palabras, todo lo que hasta el presente justificaba los sufrimientos, la vergüenza y la muerte de los individuos, es incapaz de resolver el problema fundamental de la existencia” (FT, 154).

*Abreviado FT.

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2 comentarios el “Leon Chestov Pt. II: Dostoievski

  1. […] con el capítulo anterior –parte II-, ¿vale la pena el esfuerzo, la dedicación, los sufrimientos en pos de grandes ideales para […]

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