Acercamiento a la orientación filosófica


Puede que muchos de los que hemos pasado por una facultad de Filosofía hayamos tenido la impresión, en alguna ocasión, de que lo que allí se cuece no es más que un juego de intelectuales. Con la modernidad y la instauración de las universidades el pensamiento filosófico se ha retirado él mismo de la vida (particular, social y política) para refugiarse en su torre de marfil. Es cierto que no ha faltado quien ha reafirmado el papel transformador del pensamiento teórico. O que algunas ramas como la ética parecen tener una repercusión más directa con el mundo -del que indudablemente se nutre. Pero no dejan de ser reflexiones alejadas del conflicto vital.

Sin embargo, antes de toda la competencia académica de las facultades, el filósofo no buscaba un ascenso social o el reconocimiento de sus “colegas de profesión” (los mismos a los que se enfrenta), sino que era una forma de vida: al modo de Sócrates. Esto es lo que pretende recuperar la orientación filosófica*. No se trata de desatender o desprestigiar la labor de investigación que los filósofos académicos realizan en las universidades, pues, al igual que en la ciencia, la especialización conduce a elaboraciones teóricas más complejas y que dan mejor cuenta de la realidad. Se trata de advertir la abstracción a que esto conduce, e inevitablemente la desvinculación de la problemática más inmediata y existencial.

En la década de los ochenta Gerd Achenbach decidió recuperar esa parte eminentemente práctica de la filosófica. Empezó a atender a varias personas que no buscaban curarse de ninguna patología sino comprender y comprenderse mejor. ¿Por qué un filósofo orientador? Porque la preparación de este le capacita para pensar críticamente. El filósofo debe ser capaz de detectar incoherencias en los razonamientos mal planteados, además de tener una visión más abarcativa del problema o problemas, y no es dogmático. Por lo tanto, muchos de quienes acudieron a Achenbach lo hicieron con la intención de obtener (con ayuda de un filósofo) por sí mismo una mejor comprensión sobre cuestiones que les causaban cierta inquietud o perturbación. Pueden ser problemas tan generales como el sentido de la vida, la muerte, el amor, etc. pero también problemas más personales como una decisión importante en su vida laboral.

La idea de la orientación es entablar un diálogo de igual a igual (no de médico y paciente, como veremos más adelante). El orientador sigue una suerte de mayéutica que ayudará al consultante a ir delimitando y aclarando la problemática que le apremia. Algunos orientadores como Schlomit Schuster abogan incluso por una amistad que posibilita la complicidad y empatía entre consultante y consultado, lo que les permite seguir un camino común. No se pretende nunca y en ningún caso dar una respuesta al problema, decir qué debe hacer el consultante (como hacen las psicologías). Esto debe dilucidarlo él mismo. Tampoco se persigue una especie de “biblioterapia” con la que se sueltan citas eruditas de otros filósofos que han tratado el tema (Roxana Kreimer). Esto puede servir para ampliar los horizontes del consultante, pero se corre el riesgo de que lo tome como una solución. Con todo esto, el consultante no saldrá sólo con una visión más amplia del problema que le inquietaba, sino que además estará provisto de ciertas herramientas usadas por el filósofo para afrontar de manera más crítica las futuras situaciones complejas que se le puedan presentar. Estará mejor pertrechado ante posibles problemáticas vitales.

A partir del que se considera el primer manual (ACHENBACH, G.: Philosophische Praxis. Vorträge und Aufsätze. Dinter, Köln 1984) esta disciplina experimentó un fuerte auge. Como no podía ser de otra forma, el pragmático mundo americano no tardó en hacerse eco de este movimiento y en la década de los noventa surgieron instituciones como la American Philosophical Practitioners Association (APPA) del mediático Lou Marinoff (Plato, not prozac). Entre otras derivas práticas, en Francia se empezaron a desarrollar los Cafés Filosóficos que se asemejan a una orientación pero pública, en la que un moderador (el filósofo) dinamiza un debate en el que los participantes pretenden ampliar y desarrollar su reflexión entorno a una cuestión específica.

En el ámbito anglosajón ésta disciplina tienen un carácter más pragmático y menos filosófico. En Estados Unidos existe una especie de grado universitario conocido como Counselling que pretender formar a consejeros personales o grupales pero que nada tienen que ver con la filosofía. Con la aparición de la Orientación filosófica en Alemania lo que sucedió fue que estos counsellors empezaron a interesarse por la aplicación práctica de la filosofía. Es decir, son consejeros que han rebuscado en la filosofía para tener un recetario. Un claro ejemplo es la obra de Marinoff antes mencionada  y la cantidad ingente de libros de autoayuda.

No es esta la idea de la Orientación filosófica pues los orientadores no persiguen ningún objetivo como sí pretenden los counsellors (ya sea el éxito de su cliente personal o económico). Tampoco se persigue sanar, como pretende la psicología. En este punto es de especial relevancia la obra de Foucault y su denuncia de la patología como control ejercido por el poder. Se rechazan en la Orientación filosófica los opuestos enfermo/sano, normal/patológico, etc. Es difícil establecer un marco de actuación desde fuera. Para algunos orientadores sí están claros esos límites y a la psicología le correspondería un marco de actuación y al asesoramiento filosófico otro. Otros abogan por una fusión de esos límites. Otros denuncia la apropiación por parte de la psicología de problemáticas exclusivamente filosóficas; así, algunas psicoterapias como la existencial o la logoterapia pertenecerían al dominio de esta nueva disciplina y no al de la psicología. En mi opinión, y retomando a Foucault, me parece generalizable a toda Orientación filosófica el desmarcamiento  del concepto de terapia. Como advierte Barrios en su Introducción, ésta no sería una terapia alternativa, sino una alternativa a las (psico)terapias. Evidentemente, tampoco se puede afirmar que todo sea tratable filosóficamente. Hay unos límites. Luis Cencillo opta por el racional: todo aquel que acude a un orientador ha de tener su capacidad de razonar intacta. Por supuesto hay también factores biológicos o bioquímicos que pueden impedir esa capacidad, siendo ya responsabilidad de la medicina orgánica (neurobiología, neuropsiquiatría…).

*Son muchos y muy diferentes los nombres utilizados: Asesoramiento filosófico, Applied philosophy (en oposición a Practical philosophy restringida al ámbito de la ética), Philosophical counselling (counseling en inglés británico); o asesores, orientadores, counsellors, practitioners, etc. Respecto a esta cuestión: BARRIENTOS, J.: Introducción al asesoramiento y la introducción filosófica. Idea. Tenerife, 2005. Pp. 197-200.

Bibliografía básica:

BARRIOS, J.: Introducción al asesoramiento y la orientación filosófica. Idea, 2005.

CAVALLÉ, M. y MACHADO, J.: Arte de vivir, arte de pensar. Introducción al asesoramiento filosófico. Desclée, 2007.

CENCILLO, L.: Asesoramiento: qué técnicas, qué filosofías. Idea, 2005.

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10 comentarios el “Acercamiento a la orientación filosófica

  1. Acabo de descubrir tu blog paseando por el de mi mentor filosófico y antiguo profesor, Eugenio, y debo decir que me ha encantado. Con tu permiso voy a añadirte a la lista de blog’s que sigo del mío propio.

    Saludos.

  2. Muy interesante, de verdad. Ahora, quisiera hacerte una pregunta, ¿Cuál es en tu opinión el papel del Filósofo?.

    Saludos.

  3. Rayco JHR dice:

    ¿Te refieres al papel del filósofo en el asesoramiento? Sólo puedo hablar por lo que he leído, y respecto al tema hay varias discrepancias entre los propios asesores. Mi idea parte de un personalismo casi radical, diría yo. Y, además, dejando claro que es una postura teórica pues no he tenido la oportunidad de ver ni participar en ninguna actividad relacionada. Digo que parte de un personalismo radical porque entiendo que cualquier asesor (y en este caso el filósofo asesor) y cualquier persona se planta frente al otro con un abismo de por medio: el otro es él o ella, y yo no soy el otro, etc. etc.

    Dicho esto, el papel del filósofo asesor no es nunca el de consejero y, si me apuras, no he encontrado una palabra que de cuenta de ese papel. Todas las palabras similares, como mentor, llevan implícito el aconsejar, es decir, el ponerse en la piel del otro para luego darle consejo. Sin embargo la idea (tal vez muy ideal) que me he formado es la de un filósofo que está para encontrar errores argumentativos (de lo que cuenta el asesorado) y para “ver” (no en vano el símbolo de la filosofía es una rapaz strigiforme como la lechuza o el búho) lo que a aquél se le haya podido escapar. Pues a fin de cuentas, el razonamiento más fino y las mejores decisiones son las que se toman con más datos.

    ¿Por qué es el filósofo capaz de ver lo que otros no pueden? Precisamente por el “filo-” de la palabra, ese “amor” que persigue el saber no puede ser de otra manera sino crítico si no quiere engañarse a sí mismo. La única manera de superar el engaño es cuestionando. El problema es que es agotador y poco o nada placentero; más bien lo contrario. Por costumbre y comodidad la mayoría de la gente no es inquisitiva, y es ahí donde entra en juego el papel del filósofo asesor. [La labor va dirigida a elaborar conjuntamente (asesor y asesorado) un mapa conceptual de sí mismo (del asesorado), de la realidad y del problema que le aqueja, más complejo y que gracias a las herramientas críticas del pensamiento filosófico le permitan comprender y comprenderse mejor y actuar bajo un esquema que él mismo se ha formado y que no le ha sido impuesto, ni siquiera inducido. Si con ello resuelve el problema o no, depende de lo que vaya buscando… Ahí está el punto crítico. Suponemos que un mayor conocimiento da una mayor “tranquilidad”, pero puede no ser siempre así para los demás.]

    Espero haber respondido mínimamente a tu pregunta. Es un tema curioso y también controvertido (por su “enfrentamiento” con la psicología tradicional).

    Un saludo Kevin.

    (EDITADO el último párrafo, entre corchetes)

  4. Muchas gracias por la molestia y la premura en responder, ahora reconozco que quizás mi pregunta fuera demasiado ambigua; siento los inconvenientes que ello haya podido suponerte. No obstante quisiera compartir ciertas impresiones contigo.

    En primer lugar y en relación con Foucault y su denuncia de la patología como control ejercido por el poder, he de decir, que la noción de conocimiento no ejerce un papel -el de ser denunciable- notablemente diferente en la Psicología Cognitiva al de las patologías según acabamos de ver, ya que, según ésta rama de la Psicología, un mayor conocimiento de la realidad, puede redundar en un desvanecimiento o total desaparición de la ilusión de control y por ende, el individuo en que en efecto así suceda, pasará a poseer un Locus externo es decir -con el desasosiego que ello puede conllevar- tenderá a concebir su realidad como un entorno incontrolable donde nada importan las acciones que podamos llevar a cabo dado que el resultado final no depende de nosotros. En este nuevo entorno, se desarrolla lo que se conoce como “indefensión aprendida” que es un estado anímico-conductual, -altamente asociado a la depresión- en el que, ante la expectativa tan desoladora que nos supone una realidad irresoluble; con un sentido inexistente o inasible, donde carecen de peso las decisiones que tomemos en el cómputo global de la ecuación, el individuo escoge la inacción.

    Es decir, no es sólo que pueda ser agotador, tal y como tú decías, embarcarse en la búsqueda de la verdad, sino que además, está contraindicado desde un punto de vista psicológico; el control por el poder, no trata de ejercerse únicamente a través de las patologías como decía Foucault, también ese mismo poder trata de coercer la aprehensión, o al menos, aquella relacionada a ciertos tipos de cuestiones. Así, tomando esto como punto de partida, un psicólogo de éstos, podría contradecirte cuando dijiste; “el razonamiento más fino y las mejores decisiones son las que se toman con más datos”. “No” diría él “el razonamiento puede verse nublado si ‘esos datos’ ponen en duda la imagen que tiene el individuo de la realidad y por ende, su capacidad para controlar su entorno” concluiría añadiendo “por lo que puede, y en efecto así se ha demostrado, resultar contraproducente saber más”.

    Lo que, a mi modo de ver, resulta un disparate incomprensible a ‘estas alturas’. Como podrás imaginar, y espero que haya podido quedar suficientemente claro, mi oposición a esto es absoluta; aunque mirándolo ahora, no sé si me he expresado con claridad, si no fuera así, por favor, perdóname y pregúntame qué o cuáles de mis planteamientos no te han quedado claros.

    Y para acotar un poco más la conversación, voy a redefinir mi pregunta: ¿Cuál crees tú, que es el papel del Filósofo en la Sociedad?

    Saludos y Gracias Rayco.

    • Rayco JHR dice:

      Por lo pronto te voy responder parcialmente haciendo un comentario sobre esa respuesta hipotética del psicólogo, pero siguiendo siempre con el tema del asesoramiento; o, por decirlo de otra manera: cómo creo que podría responderle un filósofo asesor (hacer de abogado del diablo es un juego sumamente entretenido).

      Efectivamente la toma de decisiones se puede ver dificultada por el aumento de datos, o de conocimiento. Eso, entre otras cosas, es una consecuencia de a lo que me refería con “agotador y poco placentero”. Pero con esa respuesta el psicólogo se queda en un paso intermedio, es como si quisiera pasar de un conjunto de datos nuevos (paradigmas) a la resolución de un problema pero manteniendo el mismo esquema conceptual (o la imagen de la realidad del individuo). La imagen de la realidad de va modelando o ha de modelarse por la fuerza de su inoperabilidad. Así, la labor del filósofo asesor sería también ayudar a engarzar lo que se le aparece al asesorado como novedad; aquello que antes no “veía” ha de introducirse en el esquema conceptual. Otra vez, por el pensamiento crítico y su conocimiento de la lógica (formal e informal) el filósofo asesor puede ayudar al asesorado a dotar de coherencia la imagen de la realidad que se vaya formando con el diálogo.

      Respecto a tu pregunta final…vértigo. En esta sociedad -y tal vez en todas- el papel del filósofo deba ser marginal. ¡¿Cómo?! Pues sí, pero ni mucho menos es algo negativo. Creo que después de Auschwitz ya no se puede creer en un rey filósofo; las ideas son realmente poderosas; pueden ser, también, peligrosas, y el filósofo juega con ideas. Aunque he de reconocer, que prefiero mil veces un rey filósofo, con el peligro que ello pueda conllevar, que una “democracia” teatral como de la que presume occidente, y lo que es más lamentable, Europa. Como decía, los márgenes permiten reflexionar con sosiego, atender a los detalles, circunvalar; no permiten un pensamiento tal los actos panfletistas como los de Zizek en Occupy WS. Precisamente la capacidad del filósofo de ser marginal, de pensar los márgenes, es una virtud por la que se le reconoce; de no ser así sería uno más sometido a las estructuras del poder de masas. Tal vez no escape por completo, pero ahí está la denuncia llevada a cabo por Horkheimer y Adorno entre otros. La conciencia está ahí y puede ayudar a salirse, a escapar del mainstream. Si el filósofo se vuelve el centro de atención y es elevado al trono, se pierde necesariamente un alto grado de crítica, porque la auto-crítica es súmamente difícil… No sé, la verdad es que responder a esa pregunta es muy complicado y requiere un desarrollo extenso.

      Me gustaría saber cuál crees tú que es el papel del filósofo. Y te animo a que discutas mi idea porque soy conciente de que no está lo suficientemente reflexionada.

      Un placer tener este intercambio,

      Saludos!

      • En efecto sí que me parece interesante este intercambio y este ‘juego’ en que desdoblamos nuestra personalidad mas como decía Bioy en “La invención de Morel”: Ahí se manifiestan los peligros de la creación, la dificultad de llevar diversas conciencias, equilibradamente, simultáneamente. Resulta pues, interesante, divertido pero puede tornarse desgarrador.

        “Agotador y poco placentero” Debo discrepar, aunque entiendo tu planteamiento. Disiento en que, personalmente considero que la búsqueda de la verdad, la apertura de nuevos horizontes para el entendimiento debe resultar siempre para el que busca algo placentero, como es para el escultor lograr extraer de la piedra o el bronce la imagen que tenía en su cabeza, o como es para el cazador cobrarse su presa. Si no lo lograran, si fracasaran en su intento, sería comprensible que su ánimo decayera, mas no así si tienen éxito, como tampoco debería encontrar sufrimiento o motivos para el desaliento el Filósofo una vez alcanzada la verdad. La búsqueda debe ser como esa curiosidad infantil tan idealizada -no olvidemos que los ideales están ahí para que mejoremos- infatigable y no pretenciosa, y siendo de este modo, abrazaremos la verdad, sea cual sea una vez demos con ella si es que tal cosa sucede. No se nublará el razonamiento; no se perderá el pensamiento en la niebla como si fuera una tenue luz en la distancia, al contrario podría suceder que como si saliéramos de un lugar oscuro, de pronto, fuéramos deslumbrados -por hacer una alegoría ciertamente ya desgastada- pero este efecto desaparecería pronto para darnos cuenta, de que nos encontramos en otro escalón.

        De lo que comentas sobre la respuesta del Psicólogo, viene mi molestia. Viene dada por la pretensión desmedida de la Psicología. Como he podido comprobar, aunque mi experiencia sea corta, la Psicología se queda siempre -al menos la cognitiva- en un estadio intermedio entre el punto de partida y ese salto cualitativo que debe darse después de toda aprehensión, y considero que esto es culpa, de su afán, como dije antes, por colgarse la etiqueta o ganarse los méritos cientificistas de los que antaño carecía. La multidisciplinariedad de la que hace gala la Psicología Cognitiva, que es la que se imparte en la ULL, se convierte en una espada de doble filo, pues si bien, en principio, no podemos decir, que la búsqueda de cierto rigor en sus conclusiones que ampara esta ‘expansión’ no pueda ser tildada de negativa, ya que parecen bien fundadas sus motivaciones, incurre, no obstante, en un error capital. ¿De qué sirve una ciencia que no es nada en concreto o, mejor dicho, que no tiene un campo propio de conocimientos, cuando otras disciplinas científicas cumplen mejor su labor? Obviando por otro lado, lo complicado que puede resultar hacer ciencia de lo subjetivo. Que es al fin y al cabo, el objetivo de la Psicología.

        Pasando a tratar de desentrañar cuál puede ser el papel del Filósofo en la Sociedad, independientemente de cuál sea, estoy de acuerdo contigo en que el Filósofo opera desde la marginalidad, si tenemos en cuenta que la opinión o conocimientos relativos al campo filosófico (con todo lo que ello conlleva) de la sociedad, y del individuo medio de esa sociedad, es un terreno o parcela limitado, en comparación con los que puede llegar a tener el Filósofo; otra cuestión sería señalar si esto es mérito del Filósofo o demérito de la sociedad. Al grano, lo que quiero decir, es que, en efecto, como hemos dicho, el Filósofo, opera desde el margen en tanto en cuanto la sociedad y el individuo medio de esa sociedad, poseen un Logos mucho más reducido, pero opera para ellos; para esa sociedad. No quiero decir que tenga que gobernar, mas sí que no tendría sentido semejante formación; toda esa sabiduría, si no redunda de un modo más o menos directo en su sociedad. Ahora, me pregunto: ¿Qué es lo más valioso que poseemos? ¿A quién le debemos más? ¿Con quién debemos tener más cuidado al obrar? Y no se me ocurre otra respuesta que ante los niños, y creo, como creía Sócrates, que nada hay más importante que la educación, y si el Filósofo ha tomado cierta ‘ventaja’ a los hombres que le son coetáneos, ¿Qué mejor o qué más lógico que enseñar a los hombres del mañana, haciendo que su punto de partida sea la ventaja que han adquirido los Filósofos?

        Es sólo una de las posibilidades. Y a buen seguro tampoco está mi razonamiento demasiado elaborado, ruego lo disculpes.

        Coincido contigo, de nuevo, en que es un placer.

        Saludos.

  5. Rayco JHR dice:

    El aumento de conocimientos, la sabiduría y su persecución pueden, no digo que no, conllevar una suerte de satisfacción personal. En eso se puede asemejar el arte del escultor con el de quien persigue la sabiduría como acumulación de conocimientos. Hay, sin embargo, una diferencia fundamental. El escultor busca transformar una parte de la realidad; al filósofo la realidad se le presenta siempre bruta y no es su objetivo transformarla. No hay finalidad en el filósofo. ¿Buscar la Verdad? ¿Y qué persigue aquel que ya no cree en la Verdad? Pienso -esto es un atrevimiento y lo digo con la boca pequeña- que esos filósofos son unos ingenuos. Al filósofo, es mi sentir, la tarea le viene impuesta; la frase de Cioran (y su postura filosófico-vital) en tu blog tiene mucho que ver con esto. Entiendo que pueda sonar algo místico… Comentas que si el escultor no logra plasmar la idea, o si el cazador no alcanza la presa, ambos se podría decir que han fracasado. ¿En qué fracasaría el filósofo, en no alcanazar la Verdad? ¡El filósofo fracasa de antemano! No porque no exista tal Verdad, sino porque nada ni nadie se la pueden garantizar. Y por otro lado, el más extremo, si el filósofo llegase a alcanzar esa Verdad he ahí su muerte. En ese sentido coincido contigo en que la idea de Verdad es un estímulo, lo que puede mover al filósofo, pero no deja de ser una empresa -me repito- ingenua.

    Lo dicho no está desmarcado de lo creo que puede ser su papel en la sociedad. Tu abogas por una aportación de parte del filósofo a la sociedad. Por una filosofía práctica. Yo creo que no está en su mano siquiera creer tal cosa. Y no estoy defendiendo la idea del filósofo aislado en el bosque. El filósofo se forma en una sociedad, y aunque se retire porque su empresa lo pueda requerir, seguirá siendo una empresa social en tanto él lo es. Dicha esta obviedad, el sentido de lo que él pueda reflexionar (no hablo de su formación, he igual por ello mismo no esté respondiendo a tu cuestión) no le corresponde a él decidirlo. Pero tampoco es que reflexione sin-sentido. Si el filósofo es honesto no pretenderá enseñar, pues sabe que aún sigue, y seguirá, buscando esa Verdad sin encontrarla, ¿y qué derecho le sería concedido -y por parte de qué o de quién- para alzarse en juez y señor (o educador)?

    No considero “la tarea del pensar” (por hablar con terminología heideggeriana) como algo ni remotamente placentero. El filósofo no busca satisfacción. Es la tarea más pesada. Pero voy a confesarme. Personalmente, en los primeros años de formación en la universidad, y antes también, sí sentía cierto placer en la búsqueda y adquisición de conocimientos. Hasta ahí. Nunca pasó del morbo de lo nuevo. Aún lo sigo sintiendo en casi todo pero de una manera gastada. Pero en cuanto al propio pensar, al desentrañar los entresijos de la propia experiencia… eso es siempre agotador, trágico, doloroso. Entiendo que no puede ser de otra manera…

    Saludos

  6. No es que obtenga satisfacción del hecho de acumular conocimientos de una manera casi mecánica, sistemática. No. Pero sí sucede que cada vez que descubro algo significativo, un nuevo punto de vista sobre una cuestión que creía ya definida en mi interior; una manera diferente de abordar un problema para el ‘que ya tenía solución’, etc, etc -porque dada mi ignorancia te aseguro que esto pasa con bastante frecuencia- sí que siento, durante un breve momento, ‘ese’ placer. No obstante, apenas me detengo a saborearlo, enseguida soy empujado por mi curiosidad en la búsqueda de un límite más lejano -¿No querías misticismo?- y así indefinidamente.Tienes razón en que el Filósofo no puede cambiar la realidad; no puede siquiera confiar en que ‘la verdad existe’, por lo que, como tú dices, no está garantizado ‘su éxito’ suponiendo que su objetivo sea alcanzar la susodicha. ¿Qué persigue aquél que ya no cree en la verdad? consciente o inconscientemente, una razón para vivir, o al menos una que lo haga soportable. Me gustaría, si no te importa, que me explicaras mejor lo de “si el filósofo llegara a alcanzar esa verdad, he ahí su muerte”.

    No sé cuál ‘debe’ ser el papel del Filósofo en la sociedad; propuse que podría ser el de educador dado que mi experiencia personal, con Eugenio como profesor, ha sido cuando menos, gratificante e instructiva y debo reconocer que ha influido en gran manera en lo que soy hoy en día. En efecto mi percepción está sesgada, sólo conozco un caso; una forma; un posible rol del Filósofo de primera mano, mas no quiere decir esto que lo considere como la única posibilidad, tan solo, me remito a lo conozco.

    La cita de Cioran viene por esto mismo que comentas. Hablando ya desde mi experiencia personal, tengo que decirte que no lo concibo yo de otra manera -la tarea del pensar- a como tú lo expresas. Lo que sucede es que intento no dejarme llevar por estas sensaciones en exceso. Ya en el pasado me entregué de lleno a ellas y puedo decirte que la cosa no acabó muy bien. Como consecuencia desde entonces intento moderarme más, ser consciente de que, como decía Epicteto, “Hay cosas que dependen de uno, y cosas que no” La realidad no depende de mí aunque yo ‘la construya’ en cierto sentido, lo que depende de mí es la actitud que tomo ante esa realidad, e intento, como decía, mantener una actitud positiva. Seguramente tú habrás superado esta fase hace mucho tiempo. Puede. O tal vez ni siquiera consideres el estoicismo como una actitud vital ‘válida’ o que tenga sentido, en cualquier caso, dado que visto lo visto, ambos padecemos por así decirlo, la misma dolencia, me gustaría conocer cuál es tu opinión al respecto, y cuáles, tus soluciones.

    Siento la demora en responder.

    Saludos y gracias -entiendo que tal vez mis planteamientos e inquietudes puedan parecerte arcaicos o muy básicos, y que estar conversando sobre algo tan ‘sobrepasado’ pueda ser tedioso, por ello ruego que me disculpes a mí, y a mi curiosidad. Por otra parte, me encanta dialogar y creo que coincidirás conmigo, en que no es fácil encontrar con quién hacerlo-

  7. katherine dice:

    es una historia muy interesante por que aprendi algo de lo que yo no tenia ni idea que habia susedido en lo antiguo y me ayudo a resolver algunas preguntas de un taller que me dejo la profesora de filosofia muchas grasias por su ayuda

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