El Pensamiento de la Muerte: dos obras de Brüghel y Gericault


Hay dos pinturas, separadas en el tiempo, con un trasfondo similar y a la vez dispar, pero ambas con un detalle revelador. “El triunfo de la muerte” de Brüghel, y “La balsa de la medusa”, de Gericault. Su punto en común es la muerte: tema central de la obra de Brüghel en el que se representa la llegada de uno de los jinetes del apocalipsis. Huestes de esqueletos que arrasan a su paso con cualquier vestigio de vida. En la esquina superior izquierda resuena la campana del juicio final; cuerpos colgando sin vida de los árboles alargándose hasta casi tocar el suelo donde, finalmente, reposarán, otros ahogados en el río, otros degollados por la implacable guadaña. La muerte es también el tema -aparente aunque no principal- del cuadro de Gericault. Tras el naufragio de la fragata Méduse, y durante trece días, un grupo de personas se amontonan en una deshecha balsa. Sufren hambre, sed, el sol abrasador y tormentos hasta la extenuación. Algunos, agonizantes, acaban pereciendo y son arrojados al mar, otros se afanan en agarrarse con las pocas fuerzas que les queda a la vida. Y ahí reside la diferencia esencial. Mientras en el cuadro de Brüghel el fin es irrevocable, nadie escapará, en el de Gericault hay aún un hueco para la esperanza; de hecho, en el horizonte se divisa un minúsculo punto y un pequeño grupo se agolpa en un borde tratando de llamar la atención de ese barco que les salve.

En la balsa hay esperanza; en la campiña arrasada por las huestes de esqueletos no la hay. Ahora bien, algo llama nuestra atención, y lo hace fácilmente en “la balsa” pero más sutilmente en la obra de Brüghel. En la balsa, entre cuerpos agonizantes y extenuados, casi sin vida, y dando la espalda al grupo de esperanzados (que, ¡qué curiosa similitud! recuerda a los “exaltados” del 15M) se halla un individuo peculiar. Se distingue, y no sólo por llevar una capa de color llamativo, por su actitud. No muestra agonía, ni tiene síntomas de agotamiento, tampoco expresa ni se atisba en su pose o su mirada la más mínima euforia, ni siquiera esperanza. Es el reflejo de la auténtica indiferencia, del hastío más desolador. Es como si supiera algo esencial, algo que sus compañeros de penurias desconocen. ¿Pero en qué consiste ese saber?

Dejemos esta pregunta para el final. En “El triunfo de la muerte” de Brüghel hay una estampa muy similar, casi calcada, pero como dijimos más sutil. En la parte izquierda, casi imperceptiblemente, hay, sentado en unos escalones, uno de los esqueletos comandados por la muerte. Sin embargo, podemos catalogarlo de rebelde: no se comporta como los demás. Su actitud es la misma que la del sujeto en la balsa: da la espalda a todo cuanto sucede a su alrededor.

¿Qué sentido tiene la actitud de estos dos individuos en la peculiaridad de esas situaciones tan extremas? Como decíamos, la actitud de ambos va contracorriente, circunstancia que denota un conjunto de ideas y un conocimiento -estructura gnoseológica- bien diferente al resto. No hablamos de una acumulación de conocimiento como experiencia, que si bien puede servir de base y estímulo para una reflexión más profunda, no garantiza necesariamente la adquisición y apropiación de este saber que consideramos esencial.

En la balsa podrían darse dos situaciones. La una, la salvación, el rescate; la otra el hundimiento. Esta última posibilidad supondría el fin de la balsa y sus ocupantes que perecerían. En el primer caso la salvación sería, en todo caso, temporal; la muerte se pospondría. Sería simplificar muy mucho el asunto suponer que el conocimiento esencial es la conciencia de lo inevitable: saber que se va a morir, porque la conciencia de la muerte (al menos la superficial) no conduce necesariamente al abatimiento que muestran nuestros protagonistas, sino que puede desarrollarse para acabar desembocando en una vitalidad exacerbada como en la expresión latina “carpe diem”.

Ese hastío, que refleja el individuo de la barca y su “camarada” el esqueleto, procede de una doble conciencia o supra-conciencia (conciencia de la conciencia). Si bien es cierto que culturalmente no hay una conciencia individual y propia para la muerte de cada individuo, no es menos cierto que no basta con un pensamiento fugaz. El Pensamiento de la Muerte, con su maestro Chestov a la cabeza, es la reflexión exhaustiva, personal e intransferible de la propia condición de la mortalidad y su inevitabilidad. Cuando este pensamiento nos acompaña de manera ininterrumpida, cuando verdaderamente captamos hasta qué punto somos Muerte, la conciencia se rebela desterrando para siempre toda actitud proactiva. Ya no es posible esa vitalidad exuberante que en su conciencia fugaz de la muerte acaba por olvidarla.

Una de las paradojas del pensar es su imposibilidad para pensarse no-pensante. Este sería un problema insignificante para todo pensamiento anclado en y dirigido hacia la vida, pero el Pensamiento de la Muerte ve en ello su destino: si adopta como posibilidad última (Heidegger) la finitud, la muerte, el pensamiento se hace consciente de su estar abocado irremediablemente a ser no-pensante. Así es como el pensamiento se acaba alzando contra toda finitud, contra todo viso de muerte, y el resto de vitalidad de que dispone lo focaliza en gritar desesperanzadamente en pro de lo eterno (Unamuno).

Esos gritos de desesperanza les quedan ya muy atrás en el tiempo a nuestros protagonistas pictóricos. Quizá gritaron en otra balsa y en otro juicio final, pero en cada ocasión su voz se fue apagando más y más. Su hastío no es negador de vida ni mucho menos alabanza de muerte pues, como Unamuno, proclamarían si pudieran sus deseos de eternidad. Su saber esencial radica en una conciencia permanente y profunda de la finitud que rige este “momentáneo” cosmos. Toda acción, todo movimiento se torna baladí, pues qué importancia podría tener si al siguiente movimiento ya no será más; y el pensamiento, en tanto apropiación y proyección, es también movimiento y participa por ello de su mismo destino. Así, el Pensamiento de la Muerte, consciente de su futilidad, conduce al hastío que se percibe en nuestros dos peculiares protagonistas.

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Un comentario el “El Pensamiento de la Muerte: dos obras de Brüghel y Gericault

  1. […] Pensamiento de la Muerte II: acción y sentido Al final de la primera parte hay una apresurada relación del Pensamiento de la Muerte en tanto aniquilador de sentido. Se […]

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