Lobo Larsen, lección primera


-¿No sabes que el único valor que tiene la vida es el que ella misma se atribuye? Y se sobrestima, por cierto, pues necesariamente se inclina en favor de sí misma. Tomemos como ejemplo el caso de ese hombre que estaba ahí en lo alto. Se agarraba como si fuera un objeto precioso, un tesoro de más valor que los diamantes y rubíes. ¿Para tí? No. ¿Para mí? En absoluto. ¿Para sí mismo? Sí. Pero yo no comparto su valoración. Se sobrestima de un modo lamentablemente erróneo. Hay muchísima más vida que está esperando llegar a nacer. Si se hubiera caído y desparramado sus sesos sobre cubierta como la miel de un panal, no hubiese sido ninguna pérdida para el mundo. No tenía ningún valor para el mundo. La oferta es demasiado abundante. Sólo tenía valor para sí mismo; y para mostrar cuán ficticia era su valoración basta considerar que de haber muerto ni siquiera habría podido saber que todo había acabado para él. Tan sólo él se autoestimaba más que los diamantes y los rubíes. Los diamantes y los rubíes desaparecen esparcidos por la cubierta y arrastrados por un cubo de agua del mar y él ni siquiera se entera de que los diamantes y los rubíes se han perdido. No pierde nada, porque con la propia desaparición uno pierde la conciencia de la pérdida. ¿Lo entiendes? ¿Qué tienes que decir?

-Que al menos es usted coherente -es todo lo que puede decir, y continué lavando los platos.

J. LONDON: Lobo de mar

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