El placer del texto, de R. Barthes. Un fragmento.


Ficción de un individuo (alguien tipo M. Teste al revés) que aboliría en sí mismo las barreras, las clases, las exclusiones, no por sincretismo sino sólo por desembarazarse de ese viejo espectro: la contradicción lógica; que mezclaría todos los lenguajes aunque fuesen considerados incompatibles; que soportaría mudo todas las acusaciones de ilogicismo, de infidelidad; que permanecería impasible delante de la ironía socrática (obligar al otro al supremo oprobio: contradecirse) y el terror legal (¡cuántas pruebas penales fundadas en una psicología de la unidad!). Este hombre sería la abyección de nuestra sociedad: los tribunales, la escuela, el manicomio, la conversación harían de él un extranjero: ¿quién sería capaz de soportar la contradicción sin vergüenza? Sin embargo, este antihéroe existe: es el lector del texto en el momento en que disfruta. En ese momento el viejo mito bíblico cambia de sentido, la confusión de lenguas deja de ser un castigo, el sujeto accede al gozo por la cohabitación de los lenguajes que trabajan codo con codo: el texto de placer es una Babel feliz.

BARTHES, R.: El placer del texto. Siglo XXI, 2007. Pág. 3.

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