El mito de Sísifo


Autor: A. Camus

Título: El mito de Sísifo

Editorial: Losada, 2010

Páginas: 153

Precio: 10€ aprox.

Puede que me extienda un poco más de lo habitual con esta reseña, y es que después de leerlo por segunda vez, puedo asegurar que volvería a leerlo una y otra y otra… No lo considero una obra maestra, ni mucho menos, pero no puedo negar la influencia que ha tenido en mí. Ha sido el antecedente -lo lei por primera vez hace algo más de dos años- de todo lo que me ha interesado durante los últimos años.

Siempre he tendido a incluir a Camus en un grupo ficticio (por la separación de tiempo) de pensadores en el que se encuentran Kierkegaard, Dostoievski, Kafka, Chestov y Cioran. Podría añadir también a otros, como Nietzsche o Heidegger, pero prefiero no hacerlo porque considero que la obra de ambos es mucho más amplia y se extiende sobre temas que no “obsesionaron” a aquellos. La cuestión fundamental es en todos ellos la existencia. Desde que Hegel la anunciara y Nietzsche la popularizara, “la muerte de dios” desgarra al individuo de su existencia acomodada. Ve desintegrarse la seguridad que le otorgaba la eternidad a la vez que observa como se levantan muros que lo encierran. Es un sujeto errante que se desvive por alcanzar la unidad desde la conciencia de su finitud terrenal. En este sentido Chestov «demuestra sin descanso que el sistema más cerrado, el racionalismo más universal, termina siempre chocando con lo irracional del pensamiento». Este esfuerzo se extiende también a Kierkegaard. Ambos intentan desesperadamente resolver esta antinomia. Esta antinomia es lo “absurdo”: concepto entorno al que gira todo El mito de Sísifo.

Sin embargo, Chestov -del que espero hacer alguna reseña más adelante- no es considerado un filósofo de lo absurdo. No se mantiene en la antinomia, en el conflicto. Camús tiene razón al negar el destino final de la filosofía chestoviana. Al refugiarse en la trascendencia, en Dios, Chestov borra la esencia de lo irracional, lo absurdo, que es en última instancia el desgarramiento, la confrontación: Πόλεμος. Pero es el punto de partida y la esencia del camino que Chestov emprende lo que realmente me fascina. El verdadero acabamiento, el más perfecto, sería la filosfía desesperanzada de Cioran, quien dirá: «Sólo se suicidan los optimistas -los que esperan y confían en la eternidad perdida, en el paraíso prometido del Evangelio-, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?». El hombre absurdo de Camus es el que juega constantemente con la idea sin llegar nunca a consumarla. Si lo hiciera ya no representaría lo absurdo. Kierkegaard estaría en otra tesitura. Kierkegaard quiere dar el salto que da Chestov, lo desea con todo su ser, pero no acaba nunca de hacerlo -al menos claramente. En el hombre absurdo no se trata de liberarse, de dar el salto y dejar el conflicto existencial atrás. Porque «lo absurdo no muere sino cuando se le da la espalda». Lo importante es vivir con ello. Y sólo hay una manera de hacerlo: El hombre rebelde. La rebelión «es una confrontación perpetua del hombre con su propia oscuridad. Es exigencia de una transparencia imposible». No entendamos esta rebeldía como una aspiración. El hombre rebelde es consciente de que no hay un sentido. Lo único seguro es la muerte. Y, sin embargo, actúa como si fuera libre; quiere seguir viviendo con esa conciencia.

En la literatura, autores como Dostoievski o Kafka han reflejado magistralmente la errancia de este individuo que iniciaba la modernidad. El escritor ruso dio vida a personajes totalmente abatidos por esta confrontación, por ejemplo en Memorias del subsuelo. Y la confrontación religiosa, la aspiración eterna, es el tema principal de Los hermanos Karamazov. Por su parte Kafka expresó como nadie la angustia de ese individuo absurdo, del que, como dice Camus, «la esperanza nunca puede ser eludida para siempre». Pues lo que tanto en El proceso como en El Castillo se persigue, es una Verdad con mayúsculas. Algo que vuelva a dotar de solidez el mundo por el que transcurre la existencia.

Por ende, la realización de una obra completanmente absurda, entendida como el mantenerse en la confrontación irracional, parece del todo imposible. El propio Camus concluye así las últimas páginas: las obras de «los novelistas y filósofos existencialistas, completamente vueltas hacia lo Absurdo y sus consecuencias, terminan, a fin de cuentas, con ese inmenso grito de esperanza. Abrazan al Dios que las devora». Me parece, pues, una obra fascinante para poder entender el clima que se respiraba a finales del XIX y principios del XX. Los pensadores de ese periodo fueron conscientes del conflicto entre la razón y dios. Un dios que nunca entendieron -como se hace hoy en día- como identificado al cristianismo o incluso a la religión.

Nota: Aunque se encuentra descatalogada, recomiendo la edición de Alianza en tapa dura. En esta última lectura he seguido la edición de Losada que presenta algunos pequeños errores.

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3 comentarios el “El mito de Sísifo

  1. […] leyeron. Pero Bukowski sí que leyó por ejemplo a otro autor que se preocupó por el mismo tema: Albert Camus. En la recopilación de relatos titulada Música de cañerías Bukowski comenta que «Camus hablaba […]

  2. Marta dice:

    Genial esta reflexión sobre el libro y el propio Camus. Me apunto a tu blog!

  3. […] como dijimos, el protagonista no se resigna. Es, una vez más, Sísifo. Me gusta:Me gustaSé el primero en decir que te gusta esta post. Publicado […]

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