Insula Perdita


Esta no es una reseña al uso como las anteriores. La lectura de la Revista de Occidente, en un número especial dedicado a las Islas, de Noviembre de 2009, ha propiciado este intento reflexivo ex abrupto acerca de la relación entre las Islas y el concepto “isla” con la filosofía. «¿A qué deben su fascinación las islas?» se pregunta Umberto Eco. Lo desconocido, de difícil acceso… aquello remoto. Esa fascinación está ya presente en La Odisea, donde su protagonista viaja a islas sólo holladas por el mito, y donde acabará encontrando personajes sorprendentes como Polifemo. Más tarde, entre los siglos XV y XVIII, con Colón a la cabeza, y luego Cook, Bouganville o La Perouse, se revitaliza el ansia descubridora. Es cuanto menos simbólico, que desde la cultura griega y las aventuras de Ulises, hasta el “descubrimiento” de América, el desarrollo intelectual y los viajes más allá de lo conocido (geográficamente) fueran prácticamente nulos (hasta donde me consta, la civilización árabe no fue mucho más lejos del Mediterráneo). En la literatura de viajes consecuencia de las expediciones de estos aventureros, las islas ocupan un lugar privilegiado, como en la obra capital de R. L. Stevenson. Pero no únicamente como esos lugares en los que podemos encontrar cosas sorprendentes, sino en los que también podemos crear (o imaginar) cosas sorprendentes. En la obra Utopía de Tomás Moro, por ejemplo, o más recientemente en Génesis, de Bernard Beckett o la serie televisiva Lost. Las islas son aquello que desconocemos y que por ello nos atrae irremediablemente. Su aislamiento, muy diferente del de cualquier fortaleza o lugar cerrado, las preserva desde un principio. También, como comenta Eco, en la época de estas expediciones, a las islas las envolvía un halo de misterio, una atracción fatal, debido a los medios técnicos. La isla era siempre una Insula perdita. Se podía llegar a una isla por casualidad, pero es posible que no se la volviese a encontrar si se salía de ella. Es cierto que hoy ya no tienen ese cariz, pero las sensaciones que nos asaltan cuando viajamos a una isla no han dejado de ser peculiares. Se nos abren nuevos horizontes muy diferentes a los continentales. Su acceso limitado nos sigue recordando su aislamiento, y despierta nuestra imaginación. Las islas siguen siendo hoy, como en la época de Homero o de Francisco Fernández de Lugo, quien buscó con obstinación (económica) la isla de San Borondón, ese lugar en estrecha relación (me atrevería a decir “motor”) con el ansia de conocer e imaginar.

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